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El estrés y sus efectos sobre

la salud

Ante un incidente cotidiano, un disgusto en el trabajo o una discusión con nuestro(a) cónyuge, sentimos que el corazón se nos acelera y late con fuerza inusitada. Experimentamos un calentón en la cara y comenzamos a sudar. ¿Quién no ha sentido algo similar en más de una ocasión? Esto no son sino algunas de las manifestaciones de lo que conocemos como estrés. Sin embargo el estrés es mucho más. Presenta una serie de manifestaciones no tan fácilmente reconocibles que, no obstante, pueden tener efectos sumamente dañinos. Por otra parte, no son únicamente las que por lo general consideramos como situaciones problemáticas o negativas las que pueden elevar nuestro nivel de estres.  También una noticia que nos provoca alegría súbita puede según muchos investigadores ser la causa de una rápida subida de nuestro nivel de estrés.  

Se ha estimado que en los Estados Unidos el 43% de los adultos sufren a causa de los efectos adversos del estrés y que entre el 75 y el 90 por ciento de las visitas a los médicos son para condiciones que se relacionan de alguna manera con éste. Existe evidencia de que el estrés puede causar o agravar condiciones tales como cáncer, depresión, enfermedad de Alzheimer, diabetes, enfermedades cardiacas, cirrosis del hígado y enfermedades pulmonares. Según el Dr. Paul Rosch presidente del American Institute of Stress el estrés se ha convertido en el problema de salud más común en los Estados Unidos. Como veremos más adelante, el estrés puede tener como uno de sus efectos una muerte temprana y el envejecimiento prematuro.

En 1915 el fisiólogo norteamericano Walter Cannon publicó un libro en el que describió lo que se conoce como la respuesta de lucha o huida. Esta se compone de un serie de reacciones que el cuerpo pone en marcha en situaciones de emergencia y que le ayudan a superarla. A esto se le ha llamado una respuesta aguda al estrés. Cuando un organismo está ante un peligro inminente su cerebro responde activando el sistema nervioso simpático. Cuando esto sucerde, el ritmo cardiaco y la respiración se aceleran y la sangre abandona los estratos superficiales de la piel dirigiéndose hacia los músculos proveyéndoles una mayor cantidad de oxígeno. Todo esto capacita al organismo para responder a la emergencia bien sea luchando o huyendo de la misma.

Cuando este estado de emergencia se prolonga se produce una respuesta más compleja a la cual Hans Selye, médico endocrinólogo de origen austriaco que desarrolló su carrera en Canadá, llamó el Síndrome de Adaptación General y lo dividió en tres etapas cada una de las cuales consiste en una serie de reacciones fisiológicas.

La primera es la etapa de alarma y se produce cuando el estresor es detectado. Supongamos que nos topamos con alguien que quiere agredirnos con un cuchillo. Nuestro cuerpo responde activando una región del cerebro llamada el hipotálamo. El hipotálamo lleva a cabo dos acciones simultáneas. Por un lado estimula al sistema nervioso simpático (la parte del sistema nervioso que controla los procesos automáticos de nuestro cuerpo como el ritmo cardíaco, la respiración y la digestión) el cual envía señales a la parte central de las glándulas adrenales, localizadas sobre los riñones para que produzcan las hormonas epinefrina y norepinefrina (también conocidas como adrenalina y noradrenalina). La segunda acción del hipotálamo consiste en la liberación de una sustancia llamada hormona liberadora de la corticotropina. Esta sustancia viaja hacia la glándula pituitaria localizada debajo del hipotálamo y la estimula para que produzca la hormona adrenocorticotrópica (ACTH). Esta hormona, a su vez, viaja a través de la sangre y al llegar a las glándulas adrenales estimula la corteza de éstas para que produzcan una hormona llamada cortisol,. El efecto de todo esto es el de mobilizar el organismo para lidiar con el estresor. El mensaje del hipotálamo a través sistema nervioso simpático por viajar a través de impulsos nerviosos es el primero que llega a las glándulas adrenales de modo que la epinefrina y la norepinefrina son las hormonas que dan comienzo a la reacción de estrés. La adrenalina hace que el corazón lata más rápidamente, aumenta la presión arterial, estrecha los pequeños vasos sanguíneos de la piel y el sistema digestivo a la vez que dilata los de los músculo de las piernas, hace que el hígado libere glucosa aumentando así el nivel de esta en la sangre, dilata las pupilas, nos hace reaccionar más ráidamente, aumenta el ritmo de la respiración y contrae ciertos músculos y relaja otros. La noradrenalina por su parte aumenta la fuerza de las contracciones del corazón y tiene un efecto vasopresor (contrae los vasos sanguíneos). Trabaja conjuntamente con la epinefrina para liberar energía de las grasas, preparar los múculos y acelerar el corazón. El cortisol, por su parte tiene efectos antiinflamatorios, ayuda al cuerpo a obtener energía de las grasas y los carbohidratos. El propósito de todo esto es prepararnos para la acción. En esta etapa inicial prácticamente todo el cuerpo responde al estado de emergencia. Se produce un aumento del ritmo cardiaco, la presión arterial y el ritmo de la respiración. Además se movilizan las reservas de energías del cuerpo, se inhibe el proceso de digestión de los alimentos y el metabolismo, se desactivan los mecanismos que regulan el crecimiento y buena parte del sistema inmunológico. Esto es útil a corto plazo ya que permite utilizar los recursos bioquímicos del cuerpo para enfrentar la amenaza. La persona está en un estado de preparación máxima. Muchas veces, en esta etapa se logra superar la emergencia, por ejemplo si la persona logra evitar una amenaza corriendo.

Si la amenaza permanece un tiempo adicional se entra en la segunda etapa. En esta el cuerpo no responde como un todo sino que se producen una serie de respuestas locales. Los niveles de cortisol, epinefrina y norepinefrina se reducen hasta quedar solamente un poco sobre lo normal. Durante esta etapa la capacidad de enfrentar el peligro es alta y puede permanecer así durante un tiempo considerable. Si las respuestas de la segunda etapa son insuficientes para eliminar el estresor, se produce eventualmente la tercera etapa, que según Selye es la de agotamiento. En esta etapa los niveles de las hormonas de estrés vuelven a subir y el cuerpo nuevamente se moviliza como un todo. Si durante esta última etapa el estresor no es eliminado rápidamente, la persona sufre una serie de daños fisiológicos y psicológicos que pueden incluso llevar a la muerte. Según Selye esto sucede porque las hormonas segregadas durante la respuesta de estrés se agotan.

Sin embargo, según investigaciones recientes lo que sucede no es en realidad que las hormonas o las glándulas que las producen se agoten. Esto ocurre en muy pocas ocasiones. Lo que sucede más bien es que llega el momento en que la respuesta de estrés resulta ser tanto o más dañina que el mismo estresor.

Durante mucho tiempo los fisiólogos han sabido que el estrés puede causar envejecimiento prematuro en animales de laboratorio. Cuando un animal es sometido a condiciones de estrés continuo su cuerpo comienza a sufrir una serie de estragos y al cabo de unos pocos días muere.  Si se le hace una autopsia se encuentran numerosos síntomas de deterioro y envejecimiento prematuro. En los seres humanos se produce una situación similar. Cuando el estrés sobrepasa ciertos límites se afectan numerosos órganos de nuestro cuerpo al igual que nuestra capacidad mental y el sistema inmunológico.

En situaciones normales las células de nuestro organismo emplean alrededor de un 90% de su energía en actividades metabólicas dirigidas a la renovación, reparación y creación de nuevos tejidos.  Esto es lo que se conoce como metabolismo anabólico.  Sin embargo en situaciones de estrés esto cambia drásticamente. En lugar de actividades dirigidas a la renovación, reparación y creación de tejidos el organismo se dedica a tratar de enviar cantidades masivas de energía a los músculos. Para lograr esto el cuerpo cambia a lo que se conoce como metabolismo catabólico. Las actividades de reparación y creación del cuerpo se paralizan e incluso el organismo comienza a descomponer los tejidos en busca de la energía que tan urgentemente necesita.       

En la antiguedad el mecanismo del estrés cumplía el propósito de preparar a los seres humanos para responder a estados de emergencia que le representaban una amenaza física. La forma de responder a este tipo de emergencia era, por lo general, huyendo o peleando, respuestas para las cuales se requiere una gran cantidad de energía y fuerza muscular.  Los cambios hormonales y otras alteraciones fisiológicas que se producen en estados de estrés van dirigidas a lograr esto.  Imaginemos a un habitante de la jungla que tiene que enfrentarse al impensado ataque de un animal salvaje. El organismo de este individuo se prepara para responder a la amenaza. Los músculos se tensan, la respiración se vuelve rápida y poco profunda, el hambre y el deseo sexual se suprimen, el proceso digestivo se detiene, el cerebro se coloca en un estado de alerta máxima y los sentidos se agudizan. Las glándulas adrenales comienzan a lanzar hacia el torrente sanguineo varias hormonas, a las que se les conoce como hormonas de estrés, entre ellas adrenalina (también conocida como epinefrina) y cortisol que ayudan a aumentar la producción de energía y la fuerza muscular.

En nuestra moderna sociedad no tenemos que enfrentarnos por lo general a animales salvajes (al menos en el sentido literal del término).  Sin embargo, nos enfrentamos a situaciones de otro tipo tales como problemas en el trabajo, o el matrimonio utilizando los mismos mecanismos con los que nuestros antepasados se enfrentaban a los animales salvajes.  El problema surge a causa de que los cambios habidos en la sociedad se han dado en forma tan veloz que no hemos podido adaptarnos a los mismos y el mecanismo de estrés se activa en situaciones en las que en realidad no se requiere.

El mecanismo del estrés está diseñado para activarse bajo sistuaciones de peligro que duran a lo sumo unos pocos minutos.  Una vez superada la emergencia, el nivel de hormonas secretadas y los procesos fisiológicos deben regresar a su estado normal.  En nuestra moderna sociedad el mecanismo del estrés se activa no tanto a causa de peligros momentáneos sino a causa de estados emocionales prolongados (como, por ejemplo, una situación de infelicidad matrimonial) o que se repiten a diario (como, por ejemplo, el tapón para ir y para regresar del trabajo). Bajo dichas circunstancias la adrenalina, el cortisol y otras hormonas que son secretadas pueden comenzar a causar grandes daños a nuestro organismo. Entre estos daños se incluyen: fatiga, destrucción de los músculos, diabetes, hipertensión, úlceras, enanismo, impotencia, pérdida de deseo sexual, interrupción de la menstruación, aumento en la susceptibilidad a enfermedades, y daños a las células nerviosas.

Algunos estudiosos apuntan que lo más que impresiona de estos daños es el hecho de que, tomados en conjunto, se parecen mucho a lo que sucede en el proceso de envejecimiento.

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